Las enfermedades.
El comienzo de este año no ha sido el mejor de mi vida. El mismísimo día dos de enero la pequeña Pau sufrió una no muy ligera gastritis. El diagnóstico del doctor fue por demás asombroso para mí. A sus recién cumplidos dieciocho meses ya está sufriendo una enfermedad que a la mayoría afecta ya entrados en años.
-No se crea –dijo el Doctor- de un tiempo a acá son muchos los niños que sufren este mal.
-Mal de muchos-, pensé. Total que compungidos y adoloridos nos fuimos la casa entre promesas de no volver a darle chicharrones de harina.
A los ocho días exactos, apenas aliviada de su infantil gastritis, la peque se enfrenta a un nuevo monstruo: un moco verde con vida propia (como el del anuncio del Aderogil) que la ataca desde todos los frentes en la casa de unos amigos cuyos hijos, dicho sea de paso, no han estado más de tres días sin tos desde que los conozco hace ya más de dos años.
Visita al pediatra. Otra lista de medicamentos que hacen temblar, otra vez, mi maltrecha economía de inicio de año. A la semana, somos mi esposa y yo los que sufren el ataque de la gripe. Otros ¿mil pesos? a las farmacias del Ahorro ¿ahorro de quién?
Pero las malas nuevas no llegan solas, y la peque Pau sigue con molestias y ahora “parece que tiene neumonía” dice el Doc. Sepa Dios qué significa esa palabra, pero juro por mi madre que al escucharla se me fue el corazón hasta el suelo. Ya me imaginaba a mi niña, mi mayor tesoro, hospitalizada: suero, oxigeno, medicamento. Afortunadamente no llegamos a tanto y sólo tuve que comprar cuatro inyecciones de trescientos pesos cada una que, lo digo con el corazón en la mano, no me dolió pagar en lo más mínimo.
Por supuesto que tantas subidas y bajadas emocionales lograron debilitarme hasta niveles insospechados y el pasado sábado 7 de febrero me atrapó un nuevo virus que, ahora sí, me tumbó en la cama. No recuerdo haber sufrido nunca tanto. Ahora bien si hubiera una escala del uno al diez en donde diez fuera el dolor más fuerte, le daría al de mi garganta un 6 o máximo un 7. No parece mucho, pero si hubiera otra escala similar pero en cuanto a incomodidad, se llevaba un redondo diez. O le inventaba un once.
Creo que nunca en mi vida me sentí tan mal como en estos últimos días: no podía hablar, no podía comer, no podía dormir. No podía ni cagar, pues hasta el más leve pugido hacía que se me desgarrara la garganta. Más aún, nunca en mi vida había faltado al trabajo por culpa de una enfermedad. Este lunes y martes lo hice.
Cuánto me dolió no hacer las cosas que me gustan. Cuánto extrañé a los compañeros. Cuánto sufrí viendo a mi esposa sufrir.
La ansiedad, la angustia y el miedo se apoderaron de mí. En un momento de la madrugada del martes me sentí con ganas de correr a un hospital a pedir ayuda. Sentí que me ahogaba.
Después de estos tres días veo radicalmente distinto a los que soportan una enfermedad. Siempre he pensado que es difícil hacerlo pero ahora, después de un simple dolor de garganta, alcanzo ya a imaginar lo terrible que es estar en cama.
Va mi apoyo moral a todos ellos. Y va también una súplica a quien tiene un enfermo: apóyalo, platícale y soporta con él su dolor. En verdad hace falta.
Por último, gracias a todos lo que me hablaron por teléfono. Gracias por preocuparse. Gracias por acordarse. Gracias por estar ahí.
Reciban un deseo sincero de salud para ustedes y su familia. Hoy creo más que nunca que al tener salud, lo demás no importa.